Traductor

Mostrando entradas con la etiqueta amar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amar. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de junio de 2015

La cabaña perdida

Y llegó el tan ansiado fin de semana. Habíamos ido de viaje a la montaña, a una bonita cabaña, sita justo en la falda de la montaña, rodeada de gigantescas secuoyas, y toda hecha con madera de aquel mismo bosque. Por dentro era aún más bonita. Muebles de cedro macizo, grandes cuadros presidiendo cada pared, el suelo totalmente cubierto por alfombras que parecían sacadas del cuento de las mil y una noches, y por supuesto, una chimenea labrada en piedra, con dos grandes puertas de hierro fundido y cristal ignífugo.

Todo era perfecto para nuestro fin de semana, así que lo primero que hice fue encender el fuego. Pronto las llamas iluminaron todo el salón, aun que mi rostro solo era iluminado por su tierna mirada. Hacía tiempo ya que habíamos decidido unir nuestras vidas, empero, seguíamos igual de enamorados que al principio. Preparamos algo rápido para cenar, y después de dicha cena nos tumbamos a los pies del fuego, con un par de copas de buen vino y semidesnudos.

Eli estaba cubierta hasta el pecho con una piel de oso que tomó a modo de palabra de honor, y yo solo tenía los pantalones vaqueros puestos. Bebimos durante un buen rato, hasta que el calor del fuego y del vino, convirtieron una noche romántica sin más, en una noche sensualmente romántica. Comenzamos a besarnos, muy despacio, como a cámara lenta, saboreando a cada segundo, el uno los labios del otro. El ambiente se caldeaba y decidí comenzar a besar su cuello. La oía gemir suavemente, disfrutaba de mis besos, y yo disfrutaba de su piel. Bajé mis labios poco a poco hasta los hombros, y con una de mis manos aparté la piel de oso, dejando completamente desnudo su torso.

Era bella, sumamente bella, y era mi mujer, mi compañera, y mi amiga. Besé sus turgentes pechos, tan suaves y aterciopelados, dejando temblar su piel al hacerlo. Notaba como la temperatura de su cuerpo subía por momentos. De pronto, ella comenzó a besar mi pecho, mis labios, mis ojos, mi rostro... Empezamos a fundirnos entre caricias, besos, y carantoñas, haciendo el amor una noche más, expresando nuestros sentimientos sin pronunciar una sola palabra, simplemente cruzando miradas, sonidos, y actos.

Aquella noche nos amamos bajo la magia del fuego y el olor a tierra mojada que pululaba en el ambiente. Siempre nos amaremos dijo Eli; Siempre nos amaremos confirmé yo; Y así, charlando abrazados junto al fuego, amaneció una vez más, pero esta vez, en aquella cabaña perdida.

lunes, 1 de junio de 2015

Todos los días, a todas horas, toda la vida

Un feliz hombre, de sonrisa feliz, caminaba por la vida sin desear nada más que lo poco que tenía. Sus sentidos y una visión un tanto extraña de la vida. Al igual que Peter Pan, sus sueños inundaban su ser, sin dejarlo crecer.

Caminaba tan solo acompañado de una preciosa rosa anclada en su solapa, pensando que en la humildad reside la felicidad, creyendo que tenía todo cuanto podía necesitar en la ardua tarea de la vida... ...Hasta que ante su vista se posó una esbelta silueta, de la cual sus ojos no podían apartarse.

¿Que era aquello que consumía con tanto ahínco su curiosidad?, ¿cómo podía ser que algo que no conocía le atrajese tanto? Debía averiguarlo de inmediato para así volver a sonreír y proseguir su camino.

Sin más dilación, corrió hacia la oscura espesura del bosque, donde se daba lugar tan inaudito acontecimiento, preguntándose a sí mismo que sería lo que le depararía el destino. ¿Quizás sería un sentimiento nuevo?, ¿o tal vez sería un grato recuerdo del pasado?.

La verdad era, que poco importaba qué hubiese allí, ya que era totalmente feliz con lo poco que portaba... ...o eso pensaba él. A pesar de no tener ningún interés, corrió y corrió, dejando tras él árboles antropomorfos, y arbustos deformes con cierto parecido a animales salvajes.

A cada zancada, la frondosidad del bosque se hacía más patente, y tenía la angustiosa sensación de que su objetivo se alejaba más y más a cada momento. En cierta ocasión, un búho de ojos grandes y llamativos, con el ceño fruncido, le salió al paso, y posándose en un rama cercana le comentó entre susurros que huyese de allí tan rápido como pudiera.

-¡Aquí no se te ha perdido nada humano loco! ¡Huye mientras puedas, o será mucho peor para ti!

Pero su testarudez y la curiosidad que sentía, eran mucho más fuertes que su miedo, y el hombre, ya sin sonrisa en el rostro, siguió corriendo, cegado por la ambición del saber, dejando en la estacada su felicidad, pensando quizás, que cabía la remota posibilidad de ser aún más feliz de lo que ya era.

La duda comenzó a invadir su corazón poco a poco, sopesando si las palabras del búho tendrían más de sabio que de errado, y dio muchas vueltas a sus propias respuestas, hasta llegar a la conclusión de que no tenía nada que perder, y decidió apostarlo todo por lo que iba a encontrar en aquel lúgubre paraje.

Sin ni siquiera darse cuenta, ante él apareció un claro, donde se hallaba la silueta que durante tanto tiempo anduvo persiguiendo, y solo entonces pudo cerciorarse de la verdadera forma que aquella figura poseía.

Tenía forma de mujer pero, era casi totalmente transparente, como si de un holograma se tratara, y bajo ésta, una roca circular y plana a modo de peana, con un pequeño orificio en su centro, como si hubiese sido perforada adrede.

La escurridiza figura que tanto había huido de él, ahora no se movía. Parecía totalmente inerte, haciendo las veces de estatua esculpida en roca. Se acercó temeroso y sigiloso, midiendo cada paso, intentando no dar ninguno en falso. Todo aquello era tan extraño...

Intentó despertar a aquella imagen de su letargo para obtener respuestas, activar su movimiento de alguna manera, darle vida como una madre se la da a su primogénito, pero cualquier intento era en vano.

Primero probó a tocarla, pero sus manos atravesaban aquel cuerpo como si del propio aire se tratara. Después trató de hablar con ella, suplicándole y rogándole un inminente despertar, implorando al cielo poder recuperar su feliz sonrisa. Nada funcionó. Exhausto y casi rendido ya por completo, decidió sentarse al lado de la roca en forma de peana, dejando caer su brazo derecho hasta quedar totalmente apoyado en la dura y fría piedra.

-Descansaré unos instantes aquí mismo, y volveré para continuar mi senda de felicidad, la cual nunca tuve que abandonar.

Dormido quedó casi al instante el ahora infeliz hombre, pero no pasó mucho tiempo hasta el despertar, pues comenzó a sentir que algo le molestaba en la nariz. Poco a poco fue abriendo los ojos, percatándose de que aquello que le molestaba, no era otra cosa sino la rosa que llevaba pegada a la solapa de su chaqueta, pero estaba tan cansado, que decidió colocarla en el orificio que la roca poseía.

Con la ternura que le caracterizaba cogió la rosa con ambas manos, introduciendo su largo tallo en la veta de la piedra, disponiéndose a cerrar los ojos y dar rienda suelta nuevamente a sus sueños, cuando, de repente, la inmaterial figura comenzó a moverse.

Los ojos del hombre se abrieron como platos, quedando estupefacto ante la realidad que ante él estaba teniendo lugar. Se percató de que la rosa se fundía con la imagen, entregándole todo su color y su calor, dando vida a tan inanimado personaje.

Un pequeño remolino de luces blancas parecidas a luciérnagas giraban en torno a dicha figura, iluminando el entorno y sus propias pupilas. ¡Por fin recibiría las tan ansiadas respuestas que persiguió!

Impaciente, esperó y esperó, hasta que lo que tenía ante sus ojos, cobró vida por completo, pero antes de que pudiera decir nada, la bella mujer en la que aquella rosa se había convertido profirió unas palabras.

-Nunca has caminado solo. Siempre me has llevado contigo, en la solapa, justo al lado de tu corazón, sólo me debías despertar.


Atónito, el hombre entrelazó muy despacio sus dedos con los de aquella mujer, con la cual emprendió su largo viaje, más feliz que nunca por tener ahora la certeza de no caminar solo nunca más, y de que nunca se puede dar por sentado que se es feliz hasta que no se encuentra un amor pulcro y puro.


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Navidad 3.0

Caían los copos de nieve lentamente a través del cristal de la ventana del salón. Absorto, pegaba mi mejilla al frío cristal, y me dejaba llevar por la magia del bamboleo de aquellos puntitos blancos, que cobraban vida propia y susurraban a mi oído que ya había llegado la tan ansiada navidad.

Época favorita para muchos, donde todo era bello y mágico. Los villancicos sonaban por doquier, violines, trompetas, panderetas, cualquier sonido provocaba que la gente empezase a cantar «Los peces en el río» o «Navidad, dulce navidad». Todo era perfecto, las caras sonreían siempre, los corazones solo daban cariño al prójimo y yo... Yo disfrutaba de verdad en aquellos tiempos tan felices donde no quería que nada cambiase, pero como todo, terminó por cambiar.

Recuerdo la ilusión que me hacía montar el árbol con mi madre, siempre regañándome por hacer alguna trastada con los adornos, como jugar al fútbol dentro del salón con las brillantes esferas que a uno lo hipnotizaban, o volar la estrella con las manos como si de un cometa se tratase.

A media tarde, la casa se convertía en un hormiguero de gente preparando la cena. Los turrones iban de aquí para allá, el estofado comenzaba a expulsar su característico olor, las camas se cubrían de ropa intentando desvelar el mejor conjunto para llevar esa noche, y los más pequeños seguíamos ajenos a todo con cualquier juguete para ser entretenidos y no molestar a los mayores en tan ajetreada jornada, y cuando dábamos algo de guerra a algún mayor, nos daban un trocito de turrón y nos mandaban de vuelta a jugar.

El calor del hogar se hacía más patente cuando la casa estaba llena con familiares venidos de todos los rincones. Eran especiales esos días donde se respiraba la humildad, la ternura, y la magia de unos tiempos tan afables.

A veces, si había nevado lo suficiente, alguien me vestía con las ropas más gruesas que había visto jamás. Me cubrían todo el cuerpo, excepto un trocito de rostro para poder ver a mi alrededor. Más bien veía sólo al frente, ya que en mi visión periférica solo podía ver el pelo que rodeaba la capucha que llevaba puesta. Salíamos entonces a la calle, donde los vecinos me esperaban haciendo grandes bolas de nieve con destino a las chaquetas de los demás, o por el contrario tendrían el destino de construir un muñeco de nieve mayor que el de la calle de al lado.

Otro momento especial de la navidad, era cuando nos sentábamos a la mesa, repleta de entrantes que picotear, mientras los adultos tomaban alguna copa y los más pequeños refrescos de cola. La cena comenzaba, y con ella las risas, gracias, bromas, y demás menesteres típicos de tan señalada fecha. Poco después se servía el estofado que a duras penas entraba ya por el gaznate, aún así, la fiesta continuaba con tus seres queridos, y algún especial en la televisión. El paso siguiente consistía en comer doce uvas, gordas y relucientemente verde claro, casi tranparente. Una vez consumidas estallaban los gritos, las felicitaciones, el jolgorio y la algarabía, unidos a unas copas de sidra,  champan, o agua, dependiendo de la edad del consumidor.

Cuando ya había pasado el cénit de la fiesta, y la mesa estaba recogida, se servían algunos dulces y bebidas, para acompañar a los juegos de mesa que a continuación ocuparían el resto de la velada, hasta unas horas más tarde en que ésta terminara.

Mi inocencia no conocía límites, veía el mundo en una imagen congelada como en un fotograma de una película que da pie a su fin. Solo tenía que meterme en la cama y esperar el amanecer para recoger mis regalos situados bajo el abeto y que alguno de mis hermanos o hermanas mayores jugara conmigo todo el día, sin más preocupación que la de hacer que la jornada no terminara, y así pasaban los días hasta la tan temida vuelta al cole.

Pero los caprichos de lineal tiempo hacen que los años pasen, y no en balde, te hacen crecer, comprender las cosas que con tanta magia veías de pequeño, y los tiempo se vuelven grises y tristes cuando alguien falta a la mesa. Las ilusiones hace tiempo desaparecieron, y cuando se sonríe, no se hace con la misma sinceridad con la que se hacía antaño. Algo dentro de tu corazón se ha roto, un pedacito de ti está en paradero desconocido y no sabes cómo volver a encajarlo en su sitio.

Las nuevas generaciones están aquí, consiguiendo que tu ilusión vuelva a crecer, aún a sabiendas de que ya nada volverá a ser igual. Las grandes empresas bombardean los medios con publicidad abusiva fomentando el consumismo, la mayoría de la gente ha perdido la visión del amor en el prójimo y ve sólo su propio interés. Las reuniones familiares ya no se viven con la misma intensidad, ya no nieva como antes, los copos caen con prisa y de un color gris que deja clara la presencia de la polución.

Se respira falsedad por doquier, el egoísmo se ha abierto camino hacia nuestros corazones, y lo que en un principio era una fiesta entrañable, se ha convertido en algo sórdido y mezquino, pero aquí estoy yo, sacando sentires, pasiones y recuerdos de mi corazón, intentando ver las cosas de otra manera, para que tú, que estás ahí, al otro lado de estas líneas, vuelvas a ver la navidad como la fiesta familiar que siempre fue, recordándote el cariño que has de dar, porque será la forma en que volverá a ti.

No podemos cambiar el pasado, pero si podemos construir un futuro igual de mágico que fue el pasado, viviendo con ilusión cada instante, disfrutando de los familiares y amigos que nos rodean, dando paso a las nuevas generaciones para que sigan construyendo nuestro mundo.

martes, 19 de agosto de 2014

Odisea instrumental


E
n mis ojos lucía aquella tenue luz que hacía sospechar a quien me conocía lo que sentía por aquella chica.

Esporádicamente mi corazón latía a un ritmo salvaje, pues no siempre conseguía reunir el valor suficiente para salir de casa e ir en su busca.

Ansiaba aquel momento en que sus labios pronunciaran mi nombre, haciéndome levantar de mi asiento, subir la mirada y cruzarme con el destello de sus ojos y la inmensa blancura de su sonrisa.

Por fin llegaba el día en que la vería, salí caminando lentamente de casa, sin prisas por llegar, pero ansioso por verla en un mágico momento que solo sucedía en mi mente.

Ya en el umbral, llamé a la puerta. Un sonido característico acompañó a la energía que impulsó la puerta al abrirse… Y entré…

Con un alegre “Buenos días” me recibió la recepcionista, pero no era mi recepcionista, no era quien yo quería ver. En un momento todo mi mundo se vino abajo, ya no tenía la luz de su mirada para guiarme, no tenía su brillante sonrisa para disfrutarla, ni el dulce tono de su voz para sosegar los bravos latidos de mi corazón.

Mi mente no aceptaba ese cambio inesperado, me sentía mal, estaba intranquilo, las piernas me temblaban, los dientes rechinaban dentro de mi boca, mis ojos miraban al frente sin ver nada más que la imagen que yo quería ver… La suya…

A punto estuve de levantarme e irme, ya que me hallaba en una espiral inconsciente de sentimientos enfrentados. Estaba allí por voluntad propia, por sanación más que nada, pero eso me daba igual, solo quería verla, saborear su grácil voz en un agradable festín de sentidos que recorrerían todo mi cuerpo, erizando el bello de mis brazos hasta límites insospechados.

En ese momento escuché un leve arrastrar de pies, y levantando mi cabeza súbitamente, pude comprobar que Lucia se hallaba saliendo de uno de los despachos.

Mis ojos volvieron a brillar, mi corazón más que nunca latía al frenético ritmo de un son de tambores africanos, fue entonces cuando me di cuenta de la suerte que tenía de contar con su presencia.

Nuevamente deleitó los más profundos deseos de mi mente con su voz. Acercándose a mí en la más estricta relación comercial de la que hacía gala.

Caminaba lentamente hacia aquella fría habitación, pintada de un azul de Prusia en un fallido intento de alegrar un mal trago. Yo me limitaba a escucharla y de reojo mirarla, para que intencionadamente nuestras miradas se cruzaran y saltase esa chispa que da la vida.

Una nueva batalla, una nueva derrota. Como al cordero que han mandado degollar me abandona en la puerta de aquel angosto lugar, y yo no puedo más que sonreír y tumbarme en el potro de tortura que durante los próximos minutos será mi desaliento y agonía.

Después de un largo rato (más de lo esperado, como casi siempre) me dejaron despegarme que aquel aparato infernal lleno de cables, trozos puntiagudos de metal, brazos robóticos y demás artilugios que tantos lloros han provocado a los infantes, y no tan infantes.

Caminé nuevamente por el gélido y minimalista pasillo, esta vez en dirección contraria, hacia el mostrador de recepción, esperando una nueva oportunidad de verla, ya que ahora no podría hacer mucho más con aquellos algodones dentro de la boca, símbolo inequívoco de una poco menos que dolorosa extracción.


Una vez llegado al destino, con mi mano derecha colocada sobre el moflete, me limité a recoger el pedazo de cartón rectangular en el que iba escrito la fecha de mi próxima oportunidad de hablar con ella. ¿Habría de esperar dos meses aún para el amor?

lunes, 24 de marzo de 2014

Duelo con el destino

Miraba sobre mi hombro pensando que me observaba mientras hacía mis ejercicios matinales, imaginando que se hallaba apoyada en el quicio de la puerta, sonriendo, mirándome como se mira al bebé que duerme plácidamente en la cuna.

Seguía soñando despierto, creándome falsas esperanzas de ser amado por una persona que ni siquiera sabía de mi existencia, forzando mis pensamientos como si nuestros caminos se fuesen a cruzar.

Arrancada mi alma de mi cuerpo, dominaban mis deseos salvajes e indomables de tenerla a mi lado, y cerrando los ojos podía escuchar su tímida sonrisa en mi cabeza, ver su mano sobre mi hombro, y su cabeza apoyada en mi pecho. Deseos sin duda alguna truculentos para mí, tan dañinos e irreales que no dejaban mas deseo en mí, que el de perseguir un sueño platónico, inalcanzable.

Debido a mi draconiana filosofía de vida, me veía sumido en un infinito litigio entre la razón y el corazón, la lucha y la calma, el ser o no ser adaptado a la vida moderna.

Seguía durante horas mirando a la blanca pared, absorto en mi propio mundo, como un niño autista, donde ella tenía cabida y jugaba el rol protagonista. Construía mi mente tapias y muros, que conformaban vecindarios por donde ella había de pasar, casas, calles, e incluso ciudades.

Nada escapaba de mi creación, hasta que cualquier sonido turbaba mi estado semiinconsciente, y de igual forma que en segundos se creaba, también se derrumbaba, viniéndose abajo, dejando un panorama tan desolador como una ciudad recién bombardeada por los cazas enemigos.

Justo después de ese momento, girada mi cabeza, mis ojos se centran en el quicio de la puerta, mirando al vacío oscuro donde su figura debía aparecer, pero en su lugar, es la triste realidad la que se apodera de mi ser, fingiendo por un puñado de segundos que todo está perdido, profiriendo a mi corazón una angustia atormentada que lo hace encoger.

He aquí un hombre abatido por la incertidumbre del desamor, mirando al negro futuro, torturado por los recuerdos que no existieron jamás.

Cansado ya de arruinar mi vida desde el interior, sube por mi pecho un calor incontrolable, que va transformándose rápidamente en cólera contra mí mismo. ¿Dónde está mi valor?, ¿dónde está mi confianza y mis ganas de luchar?

Están dormidas junto a mi entereza, y ahora, consciente de ello, frunzo el ceño decidido a tomar nuevamente las riendas de mi vida, desafiando al destino, batiéndome en duelo con él, persiguiendo todos esos sueños que tantas veces he construido dentro de mí.

Sin embargo, mis manos blanden una cimitarra oxidada, y el destino, sabio de viejo, tramposo como un tahúr, sostiene pegado al hombro de su casaca, un mosquete lleno de plomo con mi nombre escrito en él.

¿Será este mi taciturno final? Debí despojarme entonces de todo miedo, dejando la mente en blanco, y confiriendo a mi huesuda persona un valor inimaginable hasta el momento, ya que hoy, aquí me hallo, suscribiendo estas líneas, mirando al quicio de la puerta donde, ahora sí, realmente está ella.


P.D: Nunca cejé en mi empeño, por muy dura e imposible que pareciese la victoria, no cedí ante el desaliento de mi derrota.

jueves, 27 de febrero de 2014

Otro amor pasará

Eres tú que me quitas la razón, eres tú que sonríes ante mis ojos, eres tú que arrancas de mis entrañas los más sinceros sentimientos. Soy yo el que pierde la razón, soy yo el que despierto sigue soñando con cruzarse en tu camino, soy yo...   ...al que tú conviertes en poeta con cada latido, al que tu das vida cual titiritero a sus muñecos.

Extraña sensación producida por las notas de un cello, que me transporta a tu lejanía, estando tan cerca, y tan lejos...

Mi vida se ve empequeñecida por tu ausencia, y aquí me hallo, recluido entre estas húmedas paredes de un calabozo llamado hogar, escribiendo a un amor que tal vez pase de largo, que tal vez no exista, y que hace temblar la llama de mi vida, casi extinta ya.

Acosado por mis miedos, corro sin cesar por la senda del amargo e incierto desamor, el cual no me deja respirar, y solo tú me insuflas el suficiente aliento para continuar corriendo.

El fin, no lo sé... La razón, tampoco... Solo sé que te necesito a mi lado, tan cerca de mí, que tu resplandor ilumine esta oscuridad en la que sumido me encuentro, y no padecer más en esta vida tan sinuosa, en esta vida tan larga, de la cual no veo el fin.


Acerca tu amor a mi corazón, que yo el mío ya te lo di...

viernes, 21 de febrero de 2014

Añorando el pasado

Los rayos del sol se ven desde mi ventana, estos se mezclan con las nubes blancas y grises, haciéndome imaginar que tiempo hace fuera y sonriendo al tiempo que recuerdo las vivencias de los últimos tiempos. Una gran amiga me presta sin esperarlo un cumplido, motivo suficiente para sonreír. Me gusta recordar la sonrisa de un amigo cuando te ve llegar, el abrazo de una persona querida, el ver como un niño agarra la mano de una anciana desconocida solamente para cruzar la calle. Adoro mi vida, porque está hecha de pedacitos de la gente que me rodea, de quien se comunica conmigo, o de quien simplemente me recuerda. Todos somos algo gracias a los demás, y nunca nos paramos a pensar, que si estuviéramos solos nos seríamos nadie. El mas ínfimo gesto hacia nuestras personas, nos hace grandes, y tengo a bien valorar hasta la más mínima mirada que me sea dedicada. Nunca dejéis pasar el más trivial de los detalles, porque estos son un puzzle que debéis armar, si queréis vivir en paz.

sábado, 1 de junio de 2013

Y la luz entró

Es difícil comprender una dañada mente, un sentir sin sentido de una vida vacía de color, ahogada en un pozo de melancolía, donde las penas se mezclan con agonías, avivadas por el virulento despertar de la ira, y el llanto mudo que anuda mi garganta. 

 Frágil soy, como la hoja que arrastra el viento, como la voluntad del niño perdido en el frondoso bosque, a pesar de una apariencia ruda, dura como la roca, grandiosa como la montaña. 

 Cernido todo mal sobre mí, poso mis manos en mi ya cansado regazo, desesperanzado por no encontrar la senda de tal rectitud forzada. 

 No hallo en mí un atisbo de absurda felicidad, ¿dónde más puedo buscar? Fariseos deseos de grandeza turban mis filisteos sentimientos. 

La noria gira rápido, difuminando imágenes que creí reales, que solo son sueños enredados en una amarga tela de araña. 

Confundido caminaba por la vida, siempre en dirección a la más amarga de las penumbras, donde quedo sentado en un rincón, sin querer moverme, sin querer vivir. 

De repente, un sonido extraño llama mi atención, alzo la mirada y con ella busco en medio de la oscuridad. 

Poco a poco mis ojos se acostumbran al blanquecino resplandor, que se abre paso en mi ayuda, hasta que finalmente, la luz entró…