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domingo, 20 de marzo de 2016

Eones

Fechas, signos y siglos pasarán
dotando al hombre de una gran
inconsciencia dada en el altar,
utilizada para destruir allá
donde el ser humano pueda caminar.
Sin mirar lo hacemos y lloramos,
gritando que no se pudo evitar.
Vosotros, hijos de un Dios, el don de
la vida se os dio, y sin remordimiento
alguno caso omiso no se os pidió.








A menudo se escuchan quejas y
lamentos por la destrucción, aunque
lógico es, que si nuestras mentes
cerradas están, nada más que odio
nuestros hijos sentirán.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Navidad 3.0

Caían los copos de nieve lentamente a través del cristal de la ventana del salón. Absorto, pegaba mi mejilla al frío cristal, y me dejaba llevar por la magia del bamboleo de aquellos puntitos blancos, que cobraban vida propia y susurraban a mi oído que ya había llegado la tan ansiada navidad.

Época favorita para muchos, donde todo era bello y mágico. Los villancicos sonaban por doquier, violines, trompetas, panderetas, cualquier sonido provocaba que la gente empezase a cantar «Los peces en el río» o «Navidad, dulce navidad». Todo era perfecto, las caras sonreían siempre, los corazones solo daban cariño al prójimo y yo... Yo disfrutaba de verdad en aquellos tiempos tan felices donde no quería que nada cambiase, pero como todo, terminó por cambiar.

Recuerdo la ilusión que me hacía montar el árbol con mi madre, siempre regañándome por hacer alguna trastada con los adornos, como jugar al fútbol dentro del salón con las brillantes esferas que a uno lo hipnotizaban, o volar la estrella con las manos como si de un cometa se tratase.

A media tarde, la casa se convertía en un hormiguero de gente preparando la cena. Los turrones iban de aquí para allá, el estofado comenzaba a expulsar su característico olor, las camas se cubrían de ropa intentando desvelar el mejor conjunto para llevar esa noche, y los más pequeños seguíamos ajenos a todo con cualquier juguete para ser entretenidos y no molestar a los mayores en tan ajetreada jornada, y cuando dábamos algo de guerra a algún mayor, nos daban un trocito de turrón y nos mandaban de vuelta a jugar.

El calor del hogar se hacía más patente cuando la casa estaba llena con familiares venidos de todos los rincones. Eran especiales esos días donde se respiraba la humildad, la ternura, y la magia de unos tiempos tan afables.

A veces, si había nevado lo suficiente, alguien me vestía con las ropas más gruesas que había visto jamás. Me cubrían todo el cuerpo, excepto un trocito de rostro para poder ver a mi alrededor. Más bien veía sólo al frente, ya que en mi visión periférica solo podía ver el pelo que rodeaba la capucha que llevaba puesta. Salíamos entonces a la calle, donde los vecinos me esperaban haciendo grandes bolas de nieve con destino a las chaquetas de los demás, o por el contrario tendrían el destino de construir un muñeco de nieve mayor que el de la calle de al lado.

Otro momento especial de la navidad, era cuando nos sentábamos a la mesa, repleta de entrantes que picotear, mientras los adultos tomaban alguna copa y los más pequeños refrescos de cola. La cena comenzaba, y con ella las risas, gracias, bromas, y demás menesteres típicos de tan señalada fecha. Poco después se servía el estofado que a duras penas entraba ya por el gaznate, aún así, la fiesta continuaba con tus seres queridos, y algún especial en la televisión. El paso siguiente consistía en comer doce uvas, gordas y relucientemente verde claro, casi tranparente. Una vez consumidas estallaban los gritos, las felicitaciones, el jolgorio y la algarabía, unidos a unas copas de sidra,  champan, o agua, dependiendo de la edad del consumidor.

Cuando ya había pasado el cénit de la fiesta, y la mesa estaba recogida, se servían algunos dulces y bebidas, para acompañar a los juegos de mesa que a continuación ocuparían el resto de la velada, hasta unas horas más tarde en que ésta terminara.

Mi inocencia no conocía límites, veía el mundo en una imagen congelada como en un fotograma de una película que da pie a su fin. Solo tenía que meterme en la cama y esperar el amanecer para recoger mis regalos situados bajo el abeto y que alguno de mis hermanos o hermanas mayores jugara conmigo todo el día, sin más preocupación que la de hacer que la jornada no terminara, y así pasaban los días hasta la tan temida vuelta al cole.

Pero los caprichos de lineal tiempo hacen que los años pasen, y no en balde, te hacen crecer, comprender las cosas que con tanta magia veías de pequeño, y los tiempo se vuelven grises y tristes cuando alguien falta a la mesa. Las ilusiones hace tiempo desaparecieron, y cuando se sonríe, no se hace con la misma sinceridad con la que se hacía antaño. Algo dentro de tu corazón se ha roto, un pedacito de ti está en paradero desconocido y no sabes cómo volver a encajarlo en su sitio.

Las nuevas generaciones están aquí, consiguiendo que tu ilusión vuelva a crecer, aún a sabiendas de que ya nada volverá a ser igual. Las grandes empresas bombardean los medios con publicidad abusiva fomentando el consumismo, la mayoría de la gente ha perdido la visión del amor en el prójimo y ve sólo su propio interés. Las reuniones familiares ya no se viven con la misma intensidad, ya no nieva como antes, los copos caen con prisa y de un color gris que deja clara la presencia de la polución.

Se respira falsedad por doquier, el egoísmo se ha abierto camino hacia nuestros corazones, y lo que en un principio era una fiesta entrañable, se ha convertido en algo sórdido y mezquino, pero aquí estoy yo, sacando sentires, pasiones y recuerdos de mi corazón, intentando ver las cosas de otra manera, para que tú, que estás ahí, al otro lado de estas líneas, vuelvas a ver la navidad como la fiesta familiar que siempre fue, recordándote el cariño que has de dar, porque será la forma en que volverá a ti.

No podemos cambiar el pasado, pero si podemos construir un futuro igual de mágico que fue el pasado, viviendo con ilusión cada instante, disfrutando de los familiares y amigos que nos rodean, dando paso a las nuevas generaciones para que sigan construyendo nuestro mundo.

domingo, 3 de agosto de 2014

Nuestra tierra

Tan grande, tan inmensa... ...y al tiempo tan pequeña se transforma gracias al egoísmo humano.

Tenemos muchísimo espacio donde vivir, pero preferimos apelotonarnos en un minúsculo trozo de tierra, y matarnos por ella.

Qué lástima damos la raza humana, tan sabia e inteligente que en un "pis pas"  montamos guerras frías, solucionamos crisis mundiales a golpe de vaso en la barra de cualquier bar, y sobre todo, sabemos más que nadie en cuanto aprendemos a sumar dos y dos sin que nos salgan decimales.

En cien años se acabarán nuestras penas, pero seguirán las de nuestros hijos y nuestros nietos, y yo me pregunto:
¿De verdad que no vale la pena luchar por ser mejor persona y dejar un mejor legado para nuestra futura estirpe?
No creo que la solución sea destrozarlo todo y que los que vengan que se apañen como puedan.

A diario veo las noticias, las cuales no cambian en absoluto, no pasan de asesinatos en masa, robos a gran escala, y una (cada vez más en aumento) oleada de desastres naturales debidos seguramente al calentamiento global, y mis ojos aguados apenan a mi corazón al ver tanta destrucción.

Y es que poco a poco, la desolación nos está ganando terreno, a pesar de las nuevas tecnologías, que supuestamente nos facilitan la vida, cuando lo único que están haciendo en individualizar al ser humano, sumiéndonos en un pozo de oscura amargura de la que es muy difícil salir.

Estamos confundidos cuando la llamamos "Nuestra tierra", porque no es nuestra, nosotros pertenecemos a ella, y en todo caso somos nosotros los que estamos a su servicio, pero una vez más volvemos al egoísmo humano, haciendo que todo nuestro entorno (incluido el aire) pase a ser automáticamente nuestro.

Así pues, supongo que a lo que llamamos cadena evolutiva, simplemente es un error de la evolución al dotarnos de un supuesto cerebro inteligente, ya que lo que hemos hecho sólo ha sido involucionar.

Deberíamos dejar de preocuparnos tanto por los bienes materiales y demás trivialidades que nos hacen perder la cabeza, y no nos dejan ver más allá de nuestras propias narices.