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domingo, 20 de marzo de 2016

Eones

Fechas, signos y siglos pasarán
dotando al hombre de una gran
inconsciencia dada en el altar,
utilizada para destruir allá
donde el ser humano pueda caminar.
Sin mirar lo hacemos y lloramos,
gritando que no se pudo evitar.
Vosotros, hijos de un Dios, el don de
la vida se os dio, y sin remordimiento
alguno caso omiso no se os pidió.








A menudo se escuchan quejas y
lamentos por la destrucción, aunque
lógico es, que si nuestras mentes
cerradas están, nada más que odio
nuestros hijos sentirán.

lunes, 1 de junio de 2015

Todos los días, a todas horas, toda la vida

Un feliz hombre, de sonrisa feliz, caminaba por la vida sin desear nada más que lo poco que tenía. Sus sentidos y una visión un tanto extraña de la vida. Al igual que Peter Pan, sus sueños inundaban su ser, sin dejarlo crecer.

Caminaba tan solo acompañado de una preciosa rosa anclada en su solapa, pensando que en la humildad reside la felicidad, creyendo que tenía todo cuanto podía necesitar en la ardua tarea de la vida... ...Hasta que ante su vista se posó una esbelta silueta, de la cual sus ojos no podían apartarse.

¿Que era aquello que consumía con tanto ahínco su curiosidad?, ¿cómo podía ser que algo que no conocía le atrajese tanto? Debía averiguarlo de inmediato para así volver a sonreír y proseguir su camino.

Sin más dilación, corrió hacia la oscura espesura del bosque, donde se daba lugar tan inaudito acontecimiento, preguntándose a sí mismo que sería lo que le depararía el destino. ¿Quizás sería un sentimiento nuevo?, ¿o tal vez sería un grato recuerdo del pasado?.

La verdad era, que poco importaba qué hubiese allí, ya que era totalmente feliz con lo poco que portaba... ...o eso pensaba él. A pesar de no tener ningún interés, corrió y corrió, dejando tras él árboles antropomorfos, y arbustos deformes con cierto parecido a animales salvajes.

A cada zancada, la frondosidad del bosque se hacía más patente, y tenía la angustiosa sensación de que su objetivo se alejaba más y más a cada momento. En cierta ocasión, un búho de ojos grandes y llamativos, con el ceño fruncido, le salió al paso, y posándose en un rama cercana le comentó entre susurros que huyese de allí tan rápido como pudiera.

-¡Aquí no se te ha perdido nada humano loco! ¡Huye mientras puedas, o será mucho peor para ti!

Pero su testarudez y la curiosidad que sentía, eran mucho más fuertes que su miedo, y el hombre, ya sin sonrisa en el rostro, siguió corriendo, cegado por la ambición del saber, dejando en la estacada su felicidad, pensando quizás, que cabía la remota posibilidad de ser aún más feliz de lo que ya era.

La duda comenzó a invadir su corazón poco a poco, sopesando si las palabras del búho tendrían más de sabio que de errado, y dio muchas vueltas a sus propias respuestas, hasta llegar a la conclusión de que no tenía nada que perder, y decidió apostarlo todo por lo que iba a encontrar en aquel lúgubre paraje.

Sin ni siquiera darse cuenta, ante él apareció un claro, donde se hallaba la silueta que durante tanto tiempo anduvo persiguiendo, y solo entonces pudo cerciorarse de la verdadera forma que aquella figura poseía.

Tenía forma de mujer pero, era casi totalmente transparente, como si de un holograma se tratara, y bajo ésta, una roca circular y plana a modo de peana, con un pequeño orificio en su centro, como si hubiese sido perforada adrede.

La escurridiza figura que tanto había huido de él, ahora no se movía. Parecía totalmente inerte, haciendo las veces de estatua esculpida en roca. Se acercó temeroso y sigiloso, midiendo cada paso, intentando no dar ninguno en falso. Todo aquello era tan extraño...

Intentó despertar a aquella imagen de su letargo para obtener respuestas, activar su movimiento de alguna manera, darle vida como una madre se la da a su primogénito, pero cualquier intento era en vano.

Primero probó a tocarla, pero sus manos atravesaban aquel cuerpo como si del propio aire se tratara. Después trató de hablar con ella, suplicándole y rogándole un inminente despertar, implorando al cielo poder recuperar su feliz sonrisa. Nada funcionó. Exhausto y casi rendido ya por completo, decidió sentarse al lado de la roca en forma de peana, dejando caer su brazo derecho hasta quedar totalmente apoyado en la dura y fría piedra.

-Descansaré unos instantes aquí mismo, y volveré para continuar mi senda de felicidad, la cual nunca tuve que abandonar.

Dormido quedó casi al instante el ahora infeliz hombre, pero no pasó mucho tiempo hasta el despertar, pues comenzó a sentir que algo le molestaba en la nariz. Poco a poco fue abriendo los ojos, percatándose de que aquello que le molestaba, no era otra cosa sino la rosa que llevaba pegada a la solapa de su chaqueta, pero estaba tan cansado, que decidió colocarla en el orificio que la roca poseía.

Con la ternura que le caracterizaba cogió la rosa con ambas manos, introduciendo su largo tallo en la veta de la piedra, disponiéndose a cerrar los ojos y dar rienda suelta nuevamente a sus sueños, cuando, de repente, la inmaterial figura comenzó a moverse.

Los ojos del hombre se abrieron como platos, quedando estupefacto ante la realidad que ante él estaba teniendo lugar. Se percató de que la rosa se fundía con la imagen, entregándole todo su color y su calor, dando vida a tan inanimado personaje.

Un pequeño remolino de luces blancas parecidas a luciérnagas giraban en torno a dicha figura, iluminando el entorno y sus propias pupilas. ¡Por fin recibiría las tan ansiadas respuestas que persiguió!

Impaciente, esperó y esperó, hasta que lo que tenía ante sus ojos, cobró vida por completo, pero antes de que pudiera decir nada, la bella mujer en la que aquella rosa se había convertido profirió unas palabras.

-Nunca has caminado solo. Siempre me has llevado contigo, en la solapa, justo al lado de tu corazón, sólo me debías despertar.


Atónito, el hombre entrelazó muy despacio sus dedos con los de aquella mujer, con la cual emprendió su largo viaje, más feliz que nunca por tener ahora la certeza de no caminar solo nunca más, y de que nunca se puede dar por sentado que se es feliz hasta que no se encuentra un amor pulcro y puro.


lunes, 12 de mayo de 2014

El canto de los gorriones

Los gorriones silbaban sus canticos al calor del comienzo del verano, la gente se apelotonaba en las terrazas de los bares pidiendo una cerveza más.

Una chica morena pasó a mi lado, contoneando sensualmente sus caderas, esbozando una leve sonrisa, junto a una caída de ojos que cautivó mis sentidos.

En un delicado movimiento apartó un mechón de cabello de su bello rostro, iluminando con sus castaños ojos claros cada paso dado, por unas largas y bien definidas piernas terminadas en diez centímetros de tacón.

Mi cabeza comenzó a girar al tempo del sonido de sus tacones, la respiración agitada aumentó mi libidinosa imaginación, dando paso a eróticos sueños concentrados en un perfume embriagador e inconfundible.

¿Me conformaría una vez más sin decir nada?, ¿Volvería a dejar pasar nuevamente una oportunidad así?

Súbitamente, sin pensarlo, levanté todo el peso de mi cuerpo de la metálica silla de jardín donde me hallaba sentado.

Corrí unos pasos para darle alcance, y posando suavemente mi mano sobre su hombro logré girarla y llamar su atención ya perdida unos pasos más atrás.

¿Puedo invitarla a un café señorita? Conseguí esgrimir entre tartamudeos espasmódicos e inseguridades sociales.

Ella sonrió, miró hacia arriba por un momento, pensativa… …Y me obsequió con uno de los mejores regalos que en ese instante podía proporcionarme:

Su aterciopelada y firme voz, con gran acento extranjero resonó en mi cabeza con un estruendoso: ¡Claro!, Podría ser divertido.

Retrocedimos entonces los metros que nos separaban de la terraza donde tranquilamente me hallaba hasta percatarme de su presencia momentos antes.

Retiré una silla, cediéndole mi propio asiento, como todo buen caballero, y el siguiente puñado de horas se esfumó, se desvaneció en el aire como si el tiempo se hubiera detenido, como si no existiera nada más que nosotros dos en un espacio infinito.

Rompimos el hielo rápidamente. Un abanico bastante amplio de temas que fuimos recorriendo nos permitió capturar, el uno la esencia del otro. Su acento pronunciado, me fascinaba más y más a cada momento.

Cuando quisimos darnos cuenta, ya había anochecido.

Es muy tarde, y aún me quedan cosas que hacer, musitó Sheila.

Llegó la hora de la despedida, pero ninguno de los dos quería marcharse. Tuvimos que hacer un poder por levantarnos, y otro aún mayor por despedirnos.

¿Te volveré a ver? Resbalaron las palabras entre mis labios.

Posiblemente Adrián, posiblemente…

Pasaron los días, yo no paraba de repetir esas palabras en mi mente, como si con ello pudiera conseguir materializarla ante mí, pero no fue así.

Con el tiempo logré olvidar a esa fantástica mujer que me hizo soñar con ella noche tras noche.

Aquella tarde, meses después, tomaba una gran taza de café, sumido en la lectura de mi diario favorito, mientras me cobijaba a la sombra de una gran palmera artificial.

El café humeaba, las páginas del diario bailaban al son del viento haciendo difícil la lectura, y mis gafas se resbalaban a cada momento, obligándome a recolocarlas una y otra vez.

Cuando más sumido me encontraba en mi lectura, noté como una sombra se posaba tras de mí, y con una conocida voz para mí decía:

¿Puedo sentarme con usted, caballero?

Aquella voz… ¡Si, era ella! ¡Sheila había vuelto!

Raudo me levanté, cediendo mi asiento a tan bella mujer, intentando al mismo tiempo mantener mi corazón dentro del pecho y mis sentimientos desbocados bien amarrados a éste.

¡Sheila, claro! Qué alegría me da verte. Toma asiento por favor. Y dime… ¿Cómo te va?, hace mucho que no te veo por aquí.

Soy una mujer muy ocupada Adrián. Viajo mucho al extranjero por negocios y paso largas temporadas fuera de aquí.

Pensaba que no volvería a verte.

Pues ya ves que si, ¿este mundo es un pañuelo verdad?

¡Y que lo digas!

A partir de aquel momento decidí que no podía, que no debía dejarla escapar...

lunes, 24 de marzo de 2014

Duelo con el destino

Miraba sobre mi hombro pensando que me observaba mientras hacía mis ejercicios matinales, imaginando que se hallaba apoyada en el quicio de la puerta, sonriendo, mirándome como se mira al bebé que duerme plácidamente en la cuna.

Seguía soñando despierto, creándome falsas esperanzas de ser amado por una persona que ni siquiera sabía de mi existencia, forzando mis pensamientos como si nuestros caminos se fuesen a cruzar.

Arrancada mi alma de mi cuerpo, dominaban mis deseos salvajes e indomables de tenerla a mi lado, y cerrando los ojos podía escuchar su tímida sonrisa en mi cabeza, ver su mano sobre mi hombro, y su cabeza apoyada en mi pecho. Deseos sin duda alguna truculentos para mí, tan dañinos e irreales que no dejaban mas deseo en mí, que el de perseguir un sueño platónico, inalcanzable.

Debido a mi draconiana filosofía de vida, me veía sumido en un infinito litigio entre la razón y el corazón, la lucha y la calma, el ser o no ser adaptado a la vida moderna.

Seguía durante horas mirando a la blanca pared, absorto en mi propio mundo, como un niño autista, donde ella tenía cabida y jugaba el rol protagonista. Construía mi mente tapias y muros, que conformaban vecindarios por donde ella había de pasar, casas, calles, e incluso ciudades.

Nada escapaba de mi creación, hasta que cualquier sonido turbaba mi estado semiinconsciente, y de igual forma que en segundos se creaba, también se derrumbaba, viniéndose abajo, dejando un panorama tan desolador como una ciudad recién bombardeada por los cazas enemigos.

Justo después de ese momento, girada mi cabeza, mis ojos se centran en el quicio de la puerta, mirando al vacío oscuro donde su figura debía aparecer, pero en su lugar, es la triste realidad la que se apodera de mi ser, fingiendo por un puñado de segundos que todo está perdido, profiriendo a mi corazón una angustia atormentada que lo hace encoger.

He aquí un hombre abatido por la incertidumbre del desamor, mirando al negro futuro, torturado por los recuerdos que no existieron jamás.

Cansado ya de arruinar mi vida desde el interior, sube por mi pecho un calor incontrolable, que va transformándose rápidamente en cólera contra mí mismo. ¿Dónde está mi valor?, ¿dónde está mi confianza y mis ganas de luchar?

Están dormidas junto a mi entereza, y ahora, consciente de ello, frunzo el ceño decidido a tomar nuevamente las riendas de mi vida, desafiando al destino, batiéndome en duelo con él, persiguiendo todos esos sueños que tantas veces he construido dentro de mí.

Sin embargo, mis manos blanden una cimitarra oxidada, y el destino, sabio de viejo, tramposo como un tahúr, sostiene pegado al hombro de su casaca, un mosquete lleno de plomo con mi nombre escrito en él.

¿Será este mi taciturno final? Debí despojarme entonces de todo miedo, dejando la mente en blanco, y confiriendo a mi huesuda persona un valor inimaginable hasta el momento, ya que hoy, aquí me hallo, suscribiendo estas líneas, mirando al quicio de la puerta donde, ahora sí, realmente está ella.


P.D: Nunca cejé en mi empeño, por muy dura e imposible que pareciese la victoria, no cedí ante el desaliento de mi derrota.