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domingo, 26 de octubre de 2014

Angustia reprimida

Había quedado con mis amigos en "Snuffies", el bar de siempre, y caminaba por la acera mirando al suelo, viendo pasar cada cuadrito de cada baldosa, línea tras línea, pensamiento tras pensamiento, siendo algunos de estos tan triviales como que tal se daría la noche, quienes de mis amigos acudirían esta noche a la cita, o a que gente fuera del grupo me encontraría aquella fría, casi gélida noche.

De pronto, al pasar por una bocacalle, alguien me salió al paso, cosa que vería normal si por naturaleza no fuese tan desconfiado. No tenía motivos para temer nada de nadie, no debía nada a nadie, pero eso no quiere decir que no fuese un vulgar ratero intentando atracarme.

Sin dudarlo aceleré el paso, solo por si acaso, pero cuál fue mi sorpresa cuando escuché que el individuo que llevaba tras de mí también aceleró el paso, consiguiendo ir al mismo ritmo que yo, ni más, ni menos.

No quería mirar hacia atrás para que no se me notase la desesperación y la ansiedad que estaba empezando a experimentar. ¿De verdad me seguía?, y ¿que habría hecho yo para que alguien intentara atentar contra mí de esa manera? Lo único que tenía claro en ese momento es en echar a correr sin demora alguna.

Corrí cuanto pude como alma que lleva el diablo y sin mirar atrás, pero cuanto más empeño ponía, más fuertes escuchaba las zancadas del individuo que sin motivo aparente me perseguía, y si por lo menos hubiese alguien por esas calles desiertas gritaría pidiendo ayuda, pero parecía haberse tragado la tierra a todo ser humano.

Mi mente en esos momentos era un revoltijo de ideas que intentaban encontrar un solo motivo para dar lugar a tan absurda situación, hasta que decidí centrarme en un solo objetivo: Llegar al bar como fuese.

Tomaba atajos, saltaba bancos, trepaba vallas al más puro estilo "Assessins Creed" en sus endemoniadas huidas haciendo uso del "Parkour", con el corazón a mil por hora y la adrenalina rebosante por todos mis poros, y eso que mi buena forma física no tenía mucho que envidiar a los grandes atletas olímpicos, ya que mi trabajo diario consistía precisamente en instruir a otros en las artes de la vida sana, de 8:00 a 15:00 todos los días en el gimnasio que regentaba uno de mis mejores amigos y por supuesto jefe.

Que grande me parecía ahora la ciudad, o era un efecto óptico, o por el contrario era gigantesca de verdad. Parecía que no iba a llegar nunca, pero un par de cientos de pasos me separaban de la calle principal, donde se encontraba "Snuffies".

De pronto la gente comenzó a aparecer como de la nada, la noche se desvaneció y surgió un inmenso sol del horizonte, colmando de calor todo el entorno, los pájaros comenzaron a cantar sobre las ramas de los árboles, los carteles de los negocios locales y las farolas se apagaban al unísono, los vehículos circulaban como salidos de la nada y yo... ...allí estaba, inmóvil y expectante, observando que clase de brujería hacía surgir todo cuanto me rodeaba, haciendo de mi ciudad, una ciudad desconocida.

Justo después de la confusión inicial caí de rodillas y comencé a gritar pidiendo auxilio, implorando salvación, rogando que alguien me librase de aquel mal. De pronto, una mano enguantada se posó fuertemente sobre mi hombro izquierdo, haciéndome girar la cabeza y por ende, la vista atrás. Aquella sombra sostenía un gran cuchillo de carnicero, tan afilado que el filo brillaba como nunca había visto en ningún otro objeto cortante. El pánico me invadió, dejándome petrificado y haciendo la única cosa que podía hacer en ese momento: Rezar.

Cuando el encapuchado individuo alzó el brazo, supe con toda certeza que mi final era inminente, que sólo restaban unos segundos para el final de mi vida, y entonces recordé que, según dicen, cuando estás a punto de morir ves pasar ante ti toda tu vida como si de un film se tratara, pero mi mente no llegaba a comprender que eso no llegaba a suceder, y entonces ocurrió lo inevitable...


El asesino de mi persona bajó el brazo con tal brutalidad que hasta los pájaros de los alrededores enmudecieron, quedando toda la escena a mi alrededor congelada, y entonces... ...desperté.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Vacaciones en el mar

Nuevamente mi vida dio un giro drástico. Mi ocupación laboral cesó casi súbitamente, sin apenas darme cuenta de la realidad en los quince días posteriores a la maldita carta mensajera.
Tragando saliva, he intentando ser consciente y consecuente, intenté asimilar todo aquella situación que se cernía sobre mí como un buitre sediento de mis despojos humanos en los que poco a poco habría de convertirme.
Ahora, más de un año después, sigo ocupado entre la búsqueda incansable de un oficio al que atenerme, y mantener la serenidad dentro de mi cabeza, la cual me hace flaco favor dándole tantas vueltas al inminente futuro que tan oscuro se refleja ante mi espejo.
Sigo luchando por vivir, como el náufrago que desesperado chapotea en el agua buscando unos segundos más de aire que respirar. Camino en busca de lingotes de oro en forma de puesto laboral, pero a mi paso las puertas y ventanas se cierran, y las que quedan abiertas encierran una intensa oscuridad, de la cual, uno no sabe si aventurarse, o echarse atrás.
El resto de la plebe que aún tiene suerte, sienten lástima por mí, y por otros tantos millones de ciudadanos más, que sin querer, sufren el mismo mal. Te aconsejan formación, mente clara y dispuesta para absorber los conocimientos que nos han de llevar al puesto anhelado.
Lo que no queremos ver es la áspera realidad, una realidad en la que no hay cabida para cerebros, pero si para ladrones desalmados y contaminados de hipocresía y desfachatez, que no buscan más que abastecer sus despensas de oro, con sangre y sudor de nuestros congéneres.
Avaricia descodificada a grandes rasgos por unos pocos simios inteligentes, que el puño que sujeta la daga del sacrificio toma por corderos inocuos e insípidos, sin ser conscientes de que estos corderos se cuentan por millones, pero puños opresores sólo hay uno.
Sin embargo, sigo sintiéndome perdido ante tal atroz e inhumano trato que mis paisanos y yo recibimos desde tan altas esferas. Pasan los días y no se enciende ninguna luz, no se abre ningún camino, y tampoco vemos más cambios que el que hacemos al hacer zapping para ver que todos los medios de comunicación están vendidos y no cuentan más que lo que los altos cargos quieren que oigamos y veamos.
Todo se va al garete, el futuro de desvanece sin dejar en el camino alubias mágicas, o por lo menos migas de pan que seguir hacia la salvación. ¿Cómo hemos de pasar nuestro tiempo para ganar dinero?, ¿nos dejamos caer en la anarquía y que sea lo que Dios quiera?. No veo justo que infravaloren nuestras mentes, que nos manipulen de esta manera, y que jueguen con nuestras vidas como si fuésemos peones de ajedrez.
Por el momento, no he conseguido encontrar una solución ante tan maquiavélico complot que este gobierno está llevando a cabo contra su propio pueblo, y es incierto el futuro que les espera a las nuevas generaciones.
Uno no sabe que decirle a sus hijos a la hora de aleccionarlos para que lleven una vida decente. ¿Estudia?, ¿haz carrera?, ¿busca un buen trabajo?...   ...¿Cómo se dicen esas cosas sin que te miren raro porque no les das ejemplo?
Uno se harta de ver cómo poco a poco van saliendo corruptelas reprimidas durante años y que, además, quedan impunes sus ejecutores, sin prisión, sin devolución, sin nada más que sus cruentas carcajadas vertidas sobre nuestras cabezas.
En definitiva, la solución es mucho más fácil de lo que nos imaginamos, basta con la unión de un pueblo reprimido y engañado, para que despierte de su ceguera y alce la voz, despojando de sus tronos a sus "tronistas" y recuperando una vida que por derecho es nuestra.

Toda esa gente que no para de absorber nuestra fuerza vital, ha de estar a nuestro servicio, y no al revés. Dejemos de ser su rebaño de ovejas, y comencemos a ser nuestra manada de lobos, porque de no ser así, acabaremos todos de vacaciones en el mar...

martes, 19 de agosto de 2014

Odisea instrumental


E
n mis ojos lucía aquella tenue luz que hacía sospechar a quien me conocía lo que sentía por aquella chica.

Esporádicamente mi corazón latía a un ritmo salvaje, pues no siempre conseguía reunir el valor suficiente para salir de casa e ir en su busca.

Ansiaba aquel momento en que sus labios pronunciaran mi nombre, haciéndome levantar de mi asiento, subir la mirada y cruzarme con el destello de sus ojos y la inmensa blancura de su sonrisa.

Por fin llegaba el día en que la vería, salí caminando lentamente de casa, sin prisas por llegar, pero ansioso por verla en un mágico momento que solo sucedía en mi mente.

Ya en el umbral, llamé a la puerta. Un sonido característico acompañó a la energía que impulsó la puerta al abrirse… Y entré…

Con un alegre “Buenos días” me recibió la recepcionista, pero no era mi recepcionista, no era quien yo quería ver. En un momento todo mi mundo se vino abajo, ya no tenía la luz de su mirada para guiarme, no tenía su brillante sonrisa para disfrutarla, ni el dulce tono de su voz para sosegar los bravos latidos de mi corazón.

Mi mente no aceptaba ese cambio inesperado, me sentía mal, estaba intranquilo, las piernas me temblaban, los dientes rechinaban dentro de mi boca, mis ojos miraban al frente sin ver nada más que la imagen que yo quería ver… La suya…

A punto estuve de levantarme e irme, ya que me hallaba en una espiral inconsciente de sentimientos enfrentados. Estaba allí por voluntad propia, por sanación más que nada, pero eso me daba igual, solo quería verla, saborear su grácil voz en un agradable festín de sentidos que recorrerían todo mi cuerpo, erizando el bello de mis brazos hasta límites insospechados.

En ese momento escuché un leve arrastrar de pies, y levantando mi cabeza súbitamente, pude comprobar que Lucia se hallaba saliendo de uno de los despachos.

Mis ojos volvieron a brillar, mi corazón más que nunca latía al frenético ritmo de un son de tambores africanos, fue entonces cuando me di cuenta de la suerte que tenía de contar con su presencia.

Nuevamente deleitó los más profundos deseos de mi mente con su voz. Acercándose a mí en la más estricta relación comercial de la que hacía gala.

Caminaba lentamente hacia aquella fría habitación, pintada de un azul de Prusia en un fallido intento de alegrar un mal trago. Yo me limitaba a escucharla y de reojo mirarla, para que intencionadamente nuestras miradas se cruzaran y saltase esa chispa que da la vida.

Una nueva batalla, una nueva derrota. Como al cordero que han mandado degollar me abandona en la puerta de aquel angosto lugar, y yo no puedo más que sonreír y tumbarme en el potro de tortura que durante los próximos minutos será mi desaliento y agonía.

Después de un largo rato (más de lo esperado, como casi siempre) me dejaron despegarme que aquel aparato infernal lleno de cables, trozos puntiagudos de metal, brazos robóticos y demás artilugios que tantos lloros han provocado a los infantes, y no tan infantes.

Caminé nuevamente por el gélido y minimalista pasillo, esta vez en dirección contraria, hacia el mostrador de recepción, esperando una nueva oportunidad de verla, ya que ahora no podría hacer mucho más con aquellos algodones dentro de la boca, símbolo inequívoco de una poco menos que dolorosa extracción.


Una vez llegado al destino, con mi mano derecha colocada sobre el moflete, me limité a recoger el pedazo de cartón rectangular en el que iba escrito la fecha de mi próxima oportunidad de hablar con ella. ¿Habría de esperar dos meses aún para el amor?

sábado, 1 de junio de 2013

Y la luz entró

Es difícil comprender una dañada mente, un sentir sin sentido de una vida vacía de color, ahogada en un pozo de melancolía, donde las penas se mezclan con agonías, avivadas por el virulento despertar de la ira, y el llanto mudo que anuda mi garganta. 

 Frágil soy, como la hoja que arrastra el viento, como la voluntad del niño perdido en el frondoso bosque, a pesar de una apariencia ruda, dura como la roca, grandiosa como la montaña. 

 Cernido todo mal sobre mí, poso mis manos en mi ya cansado regazo, desesperanzado por no encontrar la senda de tal rectitud forzada. 

 No hallo en mí un atisbo de absurda felicidad, ¿dónde más puedo buscar? Fariseos deseos de grandeza turban mis filisteos sentimientos. 

La noria gira rápido, difuminando imágenes que creí reales, que solo son sueños enredados en una amarga tela de araña. 

Confundido caminaba por la vida, siempre en dirección a la más amarga de las penumbras, donde quedo sentado en un rincón, sin querer moverme, sin querer vivir. 

De repente, un sonido extraño llama mi atención, alzo la mirada y con ella busco en medio de la oscuridad. 

Poco a poco mis ojos se acostumbran al blanquecino resplandor, que se abre paso en mi ayuda, hasta que finalmente, la luz entró…